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Durante un viaje a Italia, una imagen aparentemente secundaria captó poderosamente mi atención en uno de los museos más visitados de Roma. Arrinconada, casi inadvertida, se encontraba HÉCATE: una copia romana en mármol de una escultura griega que, a lo largo de la historia, ha ejercido una profunda influencia en el arte occidental.
Esta tríade femenina, recurrente en distintas épocas, ha dejado su huella en obras tan diversas como una pintura mural sepultada en Pompeya, creaciones de Rafael y Botticelli, pinturas renacentistas y barrocas, la obra de Rubens o la escultura funeraria encargada por Catalina de Médici para custodiar el corazón del rey Enrique II. Todas ellas beben, directa o simbólicamente, de la figura de Hécate.
Representadas a veces con las espaldas unidas y otras como figuras independientes, estas tríades han encarnado conceptos complementarios según el contexto histórico y cultural:
el sol, la luna y las estrellas;
las fases de la luna;
belleza, naturaleza y creatividad;
Aglaya, Eufrósine y Talía;
la soberanía sobre la tierra, el mar y el cielo;
la diosa celeste, la cazadora terrestre y la fuerza del inframundo;
la fe, la esperanza y la caridad.
De esta escultura poderosa —capaz de fascinar a generaciones de artistas— surgió un primer apunte a lápiz. Un dibujo en el que pronto descubrí una metáfora de mi propia trayectoria profesional. En él se reflejan mis tres perfiles: RESTAURACIÓN del PATRIMONIO, DOCENCIA e ILUSTRACIÓN.
Tres formas de abordar el trabajo creativo y técnico que se entrelazan y se separan desde el inicio de mi formación académica hasta el presente. Tres vertientes que dialogan entre sí, se nutren mutuamente y dan forma a una identidad profesional en constante evolución.